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Mercosur | Opinión |
| Servicio informativo sobre el Mercado Común del Sur |
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OPINIÓN A mayor cohesión, mayor integración y viceversa Juan Carlos Rodríguez Ibarra | ||
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La voluntad europeísta de Extremadura ha sido determinante a la hora de afrontar el proceso de desarrollo que ha experimentado. Del mismo modo, nuestra región manifiesta constantemente su apoyo a los procesos de integración latinoamericanos, en especial a partir de su propio proceso constituyente como Comunidad Autónoma. Por eso, observamos con sumo interés la dinámica que ha adquirido en los últimos tiempos el motor de la integración latinoamericana. Si bien es cierto que no se vislumbra un proceso único y homogéneo —como no podía ser de otra forma, dada la enorme diversidad del territorio—, sí que puede verse la voluntad de hacerse dueños del proceso de toma de decisiones, poner en cuestión cualquier propuesta externa, sea esta bien o mal intencionada, y alcanzar mediante el diálogo los mejores resultados posibles en una sucesión de consultas, reuniones y cualquier tipo de eventos que no hacen sino mostrar el enorme motor de integración que bulle entre todos los pueblos de América Latina. No obstante, hay muchos elementos internos y externos que juegan en este complicado partido, y en ambas circunstancias los hay que disputan a favor y en contra. En cuanto a los elementos internos, no seré yo quien los juzgue, pues al formar parte intrínseca de los interesados directos, son consustanciales a sí mismos y con ellos ha de jugarse desde el primer minuto. Sin embargo, también hay una serie de elementos externos que juegan o, al menos, piden el balón. España, sus Comunidades Autónomas y muchos Entes Locales, participan como observadores privilegiados de ese proceso, ya que el entramado de relaciones establecido a estas alturas en todos los órdenes de la vida social es tan tupido que algunas veces difícilmente se distingue el elemento español del latinoamericano, dotándose cada vez de un mayor contenido ese elemento que nos une, el iberoamericano. Pero no somos los únicos que observamos atentamente. También lo hacen otros países más o menos desarrollados. Y, por supuesto, con la Unión Europea o los Estados Unidos. Sobre este último, la imposibilidad de influir en su política exterior, muy unida a su política económica, desde cualquier frente normalizado de relaciones internacionales, deja huero cualquier análisis más. En cuanto a la Unión Europea, a pesar de sus propias paradojas e incongruencias, sigue siendo el espejo político y económico en el que se quieren ver reflejados muchos de los procesos de integración regional en todo el mundo. Al fin y al cabo, con sus luces y sus sombras, es el mejor exponente de integración que ha dado la política y en ella se fundamentan la mayor parte de las perspectivas de futuro de nuestro continente. Por todo ello, permítanme que me centre en los dos aspectos que veo más interesantes: las asociaciones de Estados que se vuelven a fortalecer en el territorio latinoamericano, y el tratamiento que les brinda esta Unión Europea un tanto desorientada, pero que ya agrupa a 25 países, queda a la espera de unos pocos más en un futuro próximo, y dispone sobre cada vez más asuntos que afectan a una colectividad de casi quinientos millones de personas. | ||
En ese sentido, tenemos por un lado al Mercosur —compuesto actualmente por Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y Venezuela—. Este proceso ha sufrido enormes vaivenes, pero últimamente da muestras de seguir un camino más firme. El ingreso de Venezuela y la interlocución con otros actores regionales parecen indicar su buena salud. Como dijo un destacado dirigente durante la última cumbre, si Europa pudo hacerlo, por qué no podría integrarse Latinoamérica. La nueva integración latinoamericana, aunque a veces parezca reducirse a los ámbitos energéticos, no debe perder de vista a los más pobres, promoviendo su inclusión. Al fin y al cabo, también la UE comenzó siendo una unión energética. En el momento actual, puede que se disponga de más instrumentos que nunca para hacerse realidad. La legítima ambición de aquellos que creen firmemente en Mercosur para incorporar a cuantos más países mejor puede que sea el auténtico motor que permita la profundización en los procesos de integración. Por otro lado, tenemos a la Comunidad Andina de Naciones (CAN), formada por Perú, Bolivia, Ecuador y Colombia, de la que se habla menos que de otras agrupaciones, pero que a mediados de julio de 2006 ha culminado un proceso de negociaciones con la UE que le permitirá discutir un Acuerdo de Asociación a partir de 2007, que probablemente verá la luz en la cumbre de Latinoamérica y el Caribe de mayo de 2008 en Lima, al igual que debe ocurrir con el Mercosur y el Sistema de Integración Centroamericano. Dicho Acuerdo incluye un tratado de libre comercio y un diálogo político que debe fortalecer la vía de la gobernabilidad democrática. Parece que, al menos, se están estableciendo unas reglas de juego comunes tanto para América como para Europa. Y luego está Centroamérica. Aunque haya quien quiere ver al Sistema de Integración Centroamericano como una unión a la fuerza, en especial tras las evaluaciones que se están realizando para allanar el camino a un acuerdo de asociación con la UE, o el peso que tiene la negociación del tratado de libre comercio (TLC) que Estados Unidos negocia con la mayoría de sus miembros. De momento, parece que la única integración posible con los EE.UU. es la aplicación de las normas que negocia bilateralmente; muy lejos del planteamiento europeo, que exige de entrada al menos el comportamiento como un mercado único de los países del istmo. No obstante las críticas, hay estructuras y voluntad, hay un emergente parlamento común, hay procesos de armonización desde el ámbito local o fronterizo. En definitiva, las importantes y necesarias reformas institucionales terminarán no siendo tan traumáticas como algunos quieren pensar, siempre que se puedan resolver cuanto antes los contenciosos internacionales que aún persisten. Quizás deba cundir el ejemplo de Chile y Bolivia, tras el inicio de conversaciones sobre la salida boliviana al Pacífico. | ||
La Unión Europea, mediadora e inductora de la integración Al final puede que mande el mercado, en especial en estos tiempos en los que, a pesar de los temores y alguna desbandada, los inversores miran cada vez con mejores ojos a Latinoamérica, estimulados por el panorama alentador de algunos de sus países más importantes. Hemos de reconocer, aunque esto levante algunas ampollas, que una parte del cambio se debe a la presencia comercial española en la región. España, más allá de su relación histórica, tiene una situación de privilegio, bajo la atenta mirada de Estados Unidos. Esta relación comercial, puede ser controvertida, pero qué duda cabe que se trata de una enorme dosis de oportunidades para todos los países de la Comunidad Iberoamericana, tanto de éste como del otro lado del Atlántico. No se puede negar el estado de salud de muchas economías latinoamericanas, con políticas rigurosas, control de su inflación, reducción de su deuda externa y aumento de las inversiones. También hay algunos riesgos, que tienen mucho que ver con las enormes desigualdades en cuanto a la distribución de la renta. Muchos somos de la opinión de que ha llegado el momento de establecer un diálogo más horizontal con el poderoso vecino del norte que le permita combinar sus ideas de libre comercio con unas políticas similares a los fondos de cohesión europeos. Aquí, seguiremos observando atentamente, desde una España en la que América está cada vez más presente, en un momento en que nos hemos convertido en receptores de emigrantes, cuando acabamos de dejar de ser emisores. No en vano, los iberoamericanos somos el fruto de una enorme historia de migraciones y de mestizaje cultural. Entre 1850-1950, unos tres millones y medio de españoles se establecieron en América Latina, aportando conocimientos y elementos culturales, y contribuyendo al desarrollo de estos países. Por su parte, en este entorno de mundialización, América Latina se ha convertido en una región de predominio de la migración tanto hacia dentro como hacia fuera. El hecho de que España se haya convertido en el segundo país de destino de las migraciones latinoamericanas nos ha permitido comenzar a ensayar modelos de codesarrollo específicamente iberoamericanos, una solución ejemplar para afrontar uno de los mayores retos para la paz y la prosperidad en nuestros tiempos. El papel de la UE, con una enorme experiencia en materia de integración regional, ya sea energética, económica o social, puede ser el de mediador, pero también de inductor para que otros pueblos puedan optar por caminos parecidos. No es que la pasada Cumbre de Viena estuviera a la altura de las expectativas, pero al menos se reafirmó el compromiso de asociación estratégica entre ambas regiones mundiales. Los caminos que se están emprendiendo en todos los frentes nos hacen pensar que la voluntad de integración latinoamericana es firme. No en vano, se trata del área mundial, fuera de Europa, con mayor número de democracias. Ahora toca consolidarla, y en Europa sabemos que la cohesión socioeconómica ayuda mucho. A mayor cohesión, mayor integración, y viceversa, en un círculo virtuoso que debe tener como objetivo el bienestar de los latinoamericanos. Desde Europa en general, y desde España en particular, tenemos la obligación de apoyar estos procesos. Juan Carlos Rodríguez Ibarra es presidente de la Junta de Extremadura, España. | ||
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