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Diciembre de 2006


OPINIÓN
Hacia una asociación estratégica eurolatinoamericana
Alejandro Foxley
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Si comparamos históricamente el proceso de desarrollo e integración de los países latinoamericanos con los del continente europeo, tenemos que aceptar que entre ambos han existido caminos diferentes para alcanzar un mismo propósito. La actual Organización de Estados Americanos (OEA) podría remontar sus orígenes a 1826, año en que Simón Bolívar convoca al Congreso de Panamá con la idea de crear una asociación de Estados en el hemisferio.

En 1890 se efectúa en Washington la Primera Conferencia Internacional de las Repúblicas Americanas.  En 1910 esta organización se convirtió en la Unión Panamericana.  En 1948, en Bogotá, se firma la Carta de la OEA y la Declaración Americana de los Deberes y Derechos del Hombre, por 21 naciones del continente.

La Unión Europea, por su parte, celebrará el año 2007 los 50 años de la entrada en vigencia del Tratado de Roma por medio del cual se dio inicio al proceso de integración de Europa, inicialmente constituido por Alemania, Francia, Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo.

En América Latina, a partir de los años sesenta, el voluntarismo de nuestro continente se expresa a través de la creación de diferentes procesos y mecanismos de integración tales como la ALADI, la Comunidad Andina de Naciones, la Comunidad Centroamericana, el MERCOSUR y más recientemente, la Comunidad Sudamericana de Naciones. ¿Por qué los países europeos, en un período de tiempo más o menos equivalente, han sido capaces de avanzar a lo que hoy en día es la Unión Europea, que incluye incluso una “zona Euro” con una moneda única? ¿Porqué los países de nuestra región, que tienen un idioma, cultura y religión comunes, no han sido capaces de avanzar al mismo ritmo?

Hay dos elementos básicos que pueden explicar esta diferencia. Para avanzar en un proceso de integración, es necesario tener una fuerte voluntad política, tan fuerte, que puede incluso ir más allá de los conceptos de nacionalidad, entendidos en el sentido clásico y más allá de la idea del beneficio inmediato. Además, se debe tener claro que la suma de los países que componen un proceso de integración es mucho más que la suma de sus integrantes.

Debemos tener la voluntad política para pasar de lo meramente declamatorio a una verdadera convicción de integración económica, comercial y cultural y defender los principios de valores democráticos. Más allá de estos conceptos, se agrega otro factor básico que ha sido, tal vez, el elemento que ha faltado en América Latina para dar el dinamismo necesario al proceso de integración regional: la interconectividad.  Esta noción, en un mundo globalizado, es fundamental.

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Convencimiento y conectividad, dos elementos precisos

La integración en América Latina y el Caribe sólo podrá ser una realidad en la medida en que los países que la componen estén íntimamente convencidos de que dicha integración es indispensable para su futuro desarrollo. Esta fue la conclusión a la que llegaron los países de Europa al término de la Segunda Guerra Mundial y, en forma más reciente, los países de Europa del Este, después de la caída de la Cortina de Hierro. En América Latina y el Caribe, afortunadamente, no hemos tenido los conflictos que afectaron a Europa durante el siglo XX, pero necesitamos una fuerte motivación para avanzar hacia la integración: la globalización.  Ningún país de nuestra región,  ni siquiera una agrupación de ellos, está en condiciones de enfrentar adecuadamente el proceso de globalización que se avecina.

Han entrado en juego nuevos actores económicos con una fuerza y poderío económico insospechados hasta hace poco tiempo atrás: India y China.  Representan por si solos casi un tercio de la humanidad.  A ellos, se suman los grandes mercados ya conocidos de Estados Unidos, la actual Unión Europea, Japón y, por cierto, nuestro mercado latinoamericano.

Ningún país de nuestra región puede enfrentar, por si solo, los mercados y el alto nivel de competitividad de estos actores del comercio internacional.  El desafío debe ser enfrentado en forma conjunta, unidos, integrados.

El otro elemento indispensable para que prospere el esfuerzo de integración es la conectividad.  Vivimos en un continente muy vasto y con una geografía que ha creado barreras naturales entre nuestros países. Debemos construir caminos, vías férreas, interconexiones energéticas y toda una infraestructura que contribuya a acercar las fuentes de producción con las de consumo. Al mismo tiempo, se deben crear las condiciones necesarias para establecer un clima de recíproca confianza y seguridad. La creación de una zona de paz y seguridad es lo que ha logrado hoy en día la Unión Europea en este medio siglo desde su creación.  Desde que se tiene conocimiento de la historia del viejo continente, este es el período más largo de paz que ha tenido Europa.  Esta paz y seguridad es su mayor recompensa.

Debemos aprender de los éxitos de Europa.  La conectividad, así como nuestra capacidad de emprendimiento y competitividad internacional debe ser el tema relevante para la V Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de América Latina y el Caribe y la Unión Europea que se llevará a efecto en Lima, Perú, en 2008. También debemos centrar nuestro diálogo en temas relevantes de nuestra relación birregional, que contribuyan a la construcción de una Asociación Estratégica entre ambas regiones, tal como fuera acordado con ocasión de la primera Cumbre ALC-UE que se llevó a cabo en 1999 en Río de Janeiro, Brasil.

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Alejandro Foxley es Ministro de Relaciones Exteriores de Chile

 



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