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septiembre de 2005


OPINIÓN
Hay crisis pero la esperanza no muere
Cristovam Buarque
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El pueblo brasileño dio en 2002 una prueba de claridad y osadía eligiendo como presidente a Luiz Inácio Lula da Silva. El pueblo percibió que Brasil necesita reorientar su destino social, además de administrar una crisis momentánea, para superar la crisis más profunda de un país que todavía no encontró su rumbo. Eligió lo que sería inimaginable unos años atrás: un presidente llegado del pueblo, de un partido de izquierda y con promesas revolucionarias.

Aún es pronto para saber lo que escribirán los historiadores, pero una cosa se observa desde ya: el Gobierno no mostró la misma inteligencia ni la osadía del pueblo. Las elites dirigentes y la vanguardia quedaron atrasadas. Los intelectuales prefieren el silencio, los políticos las Comisiones Parlamentarias Investigadoras (CPI). Y el pueblo siente que Brasil necesita reformas y cree en Lula. Pero él, políticos e intelectuales no se dan cuenta de las exigencias del momento. Son prisioneros del día a día, de las circunstancias, sin imaginación ni osadía.

Los políticos y la prensa demostraron no tolerar los pagos de algunos millares de reales, bajo la forma de mensualidades o pagas extras. En la propuesta de presupuesto del gobierno para 2006 están incluidos miles de millones de mensualidades legales, pero ni la prensa ni los políticos dedicaron tiempo para analizar eso. La vanguardia quedó mirando hacia atrás, defendiendo sus intereses tradicionales. No muestra la comprensión ni la osadía de las masas, que exigen cambios profundos en la estructura social brasileña.

En 2002 el pueblo demostró que quería reducir el foso que separa al 20 por ciento más rico del país del 50 por ciento más pobre, a los doctores con 20 años de buena educación de aquellos que no completan cuatro años de enseñanza sin calidad. Y creyó que para eso necesitaba  un presidente que tuviese su mismo origen.

Pero se perdió la oportunidad. Todos la perdimos. Los intelectuales guardaron silencio y los políticos quedaron tropezando. Por una razón: ninguno de ellos quiere perder y la revisión del presupuesto requiere una redistribución de las prioridades y de los beneficiarios del dinero público.

La vanguardia está en la retaguardia, atrasada. El silencio es el sepulcro del intelectual. Pero los intelectuales brasileños callaron. No consiguen explicar la crisis ni sugerir rumbos para el país. El inmediatismo es el sepulcro del estadista. Pero los políticos brasileños se consumen en la rutina de las CPI y de las reivindicaciones corporativas. No consiguen orientar los destinos de la Nación, planificar, conducir.

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En 2002, los brasileños optaron por una ruptura arriesgada, valiente, a la altura de la crisis de un país que estaba estancado económicamente, endeudado interna y externamente, con ciudades degradadas, renta concentrada, con la mitad de la población en la miseria y una educación vergonzosamente atrasada y desigual. Había que arriesgar un camino alternativo. Pero nosotros, dirigentes y políticos, no supimos aprovechar la oportunidad. No estamos a la altura de la crisis. Y las masas que arriesgaron la elección del presidente de la ruptura con el pasado ven frustradas sus ilusiones en un país que sigue patinando en la crisis, como un eterno ciclo de tragedias.

La generación dirigente de hoy no está a la altura del desafío actual. No se percibe el agotamiento del ciclo histórico de los tiempos imperiales y esclavistas. No ve que el desarrollo económico de la segunda mitad del siglo XX costó caro, en términos de recursos financieros y desarticulación social, y no logró completar la república libre que se esperaba. Ni está formulando un diseño alternativo para el futuro. Hay, no obstante, un ansia por alternativas, un deseo de seguir adelante. Una inmensa voluntad de no dejar morir la esperanza. (Brasilia)

Cristovam Buarque, catedrático, senador, ex ministro de Educación  y ex gobernador de Brasilia.

 



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