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El acuerdo entre el
campo y la industria es un componente clave de la gobernabilidad de la
economía argentina y de nuestra capacidad de organizar la formidable
dotación de recursos disponibles.
El campo y la
industria han mantenido relaciones conflictivas en el transcurso de la
historia argentina. En la segunda mitad del siglo XIX, el país se
integró al mercado mundial como gran productor y exportador de productos
agropecuarios. Desde entonces hasta la actualidad nunca logramos
consensuar convergencias de largo plazo entre ambos sectores.
El conflicto reflejó visiones distintas
sobre la organización y el desarrollo de la economía argentina y el
falso supuesto que la industria nacional es intrínsecamente ineficiente
o que la producción y las exportaciones rurales son reveladores del
atraso y la dependencia.
El disenso entre el campo y la
industria contribuyó a los vaivenes de largo plazo de la política
económica argentina y, en un plano más profundo, a la inestabilidad
institucional que prevaleció en la mayor parte del siglo XX. En
tales condiciones, no fuimos capaces de responder bien a los desafíos y
oportunidades de la globalización.
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Nos
endeudamos hasta el límite de la insolvencia
Nos endeudamos hasta
el límite de la insolvencia y el default, vendimos activos
existentes en mayor medida que cualquier otro país, achicamos los
espacios de rentabilidad y concentramos el ingreso en pocas manos,
perdimos el comando de la realidad bajo la estrategia del piloto
automático y, como era inevitable, terminamos agobiados, por el
desempleo, la pobreza y la inseguridad. El campo y la industria, en
verdad, todo el país, soportó las consecuencias de tamañas calamidades.
Hoy hemos
adquirido suficiente experiencia para saber que no existe una Argentina
viable sin campo o sin industria y que ambos sectores integrados son
el sustento de un país próspero, confiado en si mismo, respetuoso de
la seguridad jurídica y los contratos, abierto al mundo, capaz de
decidir su propio destino en el orden global y, por esto mismo, apto
para crear riqueza y distribuirla con equidad.
La
oportunidad es excepcional porque la revolución tecnológica en la
producción agropecuaria y la incorporación de centenares de millones de
personas al mercado mundial, especialmente en China, India y otros
países de la Cuenca del Pacífico, le abre a la producción
agropecuaria argentina una inmensa frontera de expansión, como
sucedió en la segunda mitad del siglo XIX con la Revolución Industrial y
la demanda europea.
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Se necesita un pacto operativo entre el campo y la industria
Sólo que ahora sabemos
que no alcanza. Que Argentina es demasiado grande para sustentarse en un
solo sector y que la industria también cuenta con los recursos
humanos, el talento y los factores necesarios, para ser el otro
protagonista decisivo del crecimiento del país.
Sobre todo esto
posiblemente existe hoy acuerdo. Pero es preciso transformarlo en un
pacto operacional entre el campo y la industria que incluye una
respuesta definitiva al dilema del tipo de cambio. En una nota anterior
en este mismo espacio destaqué el dilema que enfrentan los países que
sustentan sus exportaciones principalmente sobre la base de recursos
naturales abundantes.
El problema se
planteó incluso en una economía muy madura, como la de Holanda, en la
cual la aparición repentina de hidrocarburos en el Mar del Norte provocó
una avalancha de divisas que apreció el tipo de cambio y descolocó al
resto de la producción del país.
La cuestión
se conoce en la literatura como «la enfermedad holandesa» y
nosotros somos pacientes crónicos de esta enfermedad y no es porque una
compatriota sea princesa del Reino de los Países Bajos.
Ese pacto
debería incluir los temas centrales del desarrollo de ambos sectores y,
como consecuencia, del de la economía nacional. |
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La gobernabilidad
es responsabilidad de todos
La agenda incluye
cuestiones cruciales como la política cambiaria e impositiva, la expansión
del mercado interno y la apertura de los externos, los incentivos para «endogenizar»
el cambio tecnológico y el conocimiento científico en el sistema nacional de
ciencia y tecnología, la seguridad, la cadena de valor que integra al campo
y la industria en la producción de alimentos.
Es preciso
reemplazar el endeudamiento externo y la venta de activos existentes por
espacios de rentabilidad difundidos que eviten la fuga de capitales y
retengan el ahorro interno en inversiones en un inmenso territorio, dotado
de una excepcional riqueza y diversidad de recursos naturales.
La
gobernabilidad que estamos recuperando poco a poco no es una responsabilidad
exclusiva del sector público o de los actores políticos. Incluye
responsabilidades desde el sector privado.
El pacto entre el
campo y la industria es un componente clave de la gobernabilidad de la
economía argentina y de nuestra capacidad de organizar la formidable
dotación de recursos disponibles para el crecimiento con equidad.
(Buenos Aires/ Clarín)
Aldo Ferrer es
profesor titular de Estructura Económica Argentina en la Universidad de
Buenos Aires (UBA). |