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31 de enero de 2002

OPINIÓN
Dolarizar y emigrar: dos caras de una misma moneda por Eduardo Gálvez
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La Argentina que pinta Florencio Sánchez en su obra «M‘ Hijo el Doctor» es –entre otras cosas- el resultado de aquellos descendientes de emigrantes transformados en profesionales, gracias a la reforma universitaria del 18.  Esa fue la base, desde la educación, que ayudó a  construir nuestra clase media, única en Latinoamérica. Esa misma clase se valió del ahorro como un instrumento fundamental para generar riqueza. Era muy común, en la primera mitad del siglo XX,  regalar a los chicos Libretas de la Caja Nacional de Ahorro Postal  para iniciarlos en ese hábito, que también era una virtud, personal y social.

Pero, ¿por qué a partir de los años 70 la sociedad dejó de lado esa positiva práctica?

En realidad no lo hizo, siguió ahorrando, sólo que la moneda elegida pasó a ser el dólar. Para tratar de entender las causas de ese cambio de la ciudadanía resulta necesario apelar a la memoria.

Fue precisamente en la misma década ya citada que la Argentina cayó en manos de grupos oligopólicos de tendencia ultra liberal. Fueron ellos nuestros gobernantes, funcionarios, sindicalistas, banqueros, empresarios y comunicadores. Fueron ellos los que, desde gobiernos democráticos o de facto,  pactaron, negociaron, y decidieron nuestra «inserción» en el Primer Mundo.  Fueron ellos los que  desde el Estado o desde el mercado traicionaron una y otra vez la buena fe de los ahorristas, quienes tuvieron que aprender a la fuerza, por  prueba y error, que el que apuesta al dólar, en este país,  lamentablemente gana.

Duele tomar conciencia de que a la gente común no le quedó otra opción: tuvo que aprender de los especuladores y de los que no tienen corazón para intentar subsistir, para perder menos, para tratar de construir algún futuro, por mínimo que fuere,  para sí y para los suyos.

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Ahorrar en dólares, un castigo bíblico

Pero, ahorrar en dólares va de la mano con otro castigo bíblico que padecemos los argentinos: emigrar.

Ambas opciones coinciden en: servir a los intereses de unos pocos, traicionar los sueños y los mandatos de nuestros padres y abuelos, podar nuestras raíces y la identidad nacional. En síntesis, dolarizar o emigrar  significa rifar (sortear) el país, es decir nuestro lugar en el mundo.

Recordemos que para ahorrar en pesos hace falta un Estado y una sociedad civil éticos, eficaces y solidarios. Hay que pensar y actuar, en plural. Para ahorrar en dólares en cambio sólo es necesario ser más ávido, más «vivo», más brutalmente depredador. Hay que pensar y actuar en singular.

Para emigrar sólo hace falta sentir que nuestra tierra ya no nos puede cobijar.

Estos días complejos por los que atravesamos requieren para salir adelante una articulación profunda y positiva de nuestros ideales como individuos y como Nación. Pero no nos engañemos, el dólar no es más seguro, nosotros, con nuestra debilidad, lo hacemos cada día  más fuerte. El exterior no es mejor, es la gente la que lo hace mejor.

Volvamos a la fuente, a ese comienzo del siglo pasado, cuando éramos la sexta economía del globo, y sin caer por eso en miradas nostálgicas, románticas ni chauvinistas. En aquel tiempo todos tenían confianza en nuestro suelo y había una sociedad que ahorraba en argentino para  vivir y desarrollarse aquí y no para especular y escapar a cualquier otro sitio. ¿Será posible retomar aquel camino, en las condiciones actuales o habremos perdido para siempre la posibilidad de ser una Nación? La misma que esbozamos en el Preámbulo de la Constitución Argentina.: «...Para nosotros, para nuestros hijos y para todos los hombres del mundo de buena voluntad que quieran habitar en suelo argentino». (Copyright Comunica-IPS).

 

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Eduardo A. Gálvez

es periodista, profesor e investigador de la Universidad Nacional de La Plata, Argentina.

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