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Mercosur | Opinión |
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OPINIÓN JUAN CARLOS RODRÍGUEZ IBARRA La crisis de la globalización en Iberoamérica o la paradoja del cerdo y la gallina | ||
Extender la cooperación para combatir la pobreza Cultura y desarrollo sostenible se unen | ||
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El siglo XXI se inicia marcado por un proceso acelerado de globalización, centrado en la economía de mercado y estructurado por un proyecto dominante: el del neoliberalismo. Una concepción que aunque se declara gran defensora de la libertad nos ha conducido a lo que llamamos el pensamiento único. Tan único que anuncia el fin a la historia. Por otra parte la paz del planeta parece amenazada por la mundialización del terrorismo y en no menor grado por una geopolítica imperial unidimensional, que domina sin contrapeso. Sobrevolando estos problemas experimentamos una revolución tecnológica, tal vez la más radical de las revoluciones que ha vivido la humanidad y que está cambiando el tono de la vida. Agréguese a esto las crisis regionales y sectoriales que han causado las políticas neoliberales en América Latina y tenemos el marco en el que es preciso pensar el tema de la crisis de la globalización en Iberoamérica. Una observación previa, y por eso hablamos de crisis, es que la fuerza de la ideología neoliberal que dominó en los ochenta y en los noventa está menguando, el neoliberalismo pierde legitimación rápidamente y los antiglobalizadores han conquistado tribuna. Porto Alegre es un ejemplo. Otra observación previa, que desde mi perspectiva política es prácticamente una declaración de principios, es que es indispensable rechazar el "pensamiento único", que pone el rendimiento económico por encima de cualquier ideología y que tiene al mercado como referente fundamental y a la eficiencia como piedra angular del desarrollo, anteponiéndola a los valores de solidaridad y justicia. La eficiencia y la rentabilidad económica no pueden ser criterios que rijan las políticas de salud, educación, bienestar o la cultura. La cuestión de fondo es cómo responder a la crisis de la globalización. Estoy convencido de que esto sólo puede realizarse renovando nuestro proyecto político y nuestras postulados sociales en el marco de nuestra identidad cultural, de la actualidad problemática social y planetaria, y de nuestros valores. Esta óptica nos lleva a replantear diversas cuestiones. En primer lugar la cuestión del Estado. El gran perdedor en el proceso de globalización ha sido el Estado de bienestar. Los procesos de jibarización del Estado y de pérdida de identidad ideológica y programática de los partidos políticos, ha hecho que el poder se deslice hacia los poderes fácticos. La prensa y el mercado son hoy los poderes fácticos por excelencia. El desmantelamiento del Estado es una seria amenaza para la democracia y está provocando reacciones defensivas en diversas partes el planeta. Redefinir el Estado como garante de los derechos sociales, operando con una sociedad civil informada y participativa es indispensable para afrontar la globalización. | ||
Extender la cooperación para combatir la pobreza La cuestión siguiente es la social. Es necesario fijarse como objetivo prioritario extender la cooperación con el fin de erradicar la pobreza y, junto a esto, proponer una nueva conducta frente a la inmigración. Más de la mitad de la humanidad viven con menos de dos euros al día. E incluso en los países más desarrollados el conflicto capital-trabajo amenaza con agravarse como consecuencia de la desigual repartición de la renta. Una situación que se acentúa en América Latina por la clara deterioración de las condiciones sociales y la imposibilidad a corto plazo de una redistribución de los privilegios. Se sabe que cada vez se producirá más riqueza con menos mano de obra. El desafío esencial de la democracia es cómo se va a repartir esa riqueza. Por otra parte la cuestión candente de la inmigración. La historia de cada día nos demuestra que la marea migratoria no se detiene con barreras represivas ni medidas inhumanas de retorsión: con campos de detención y expulsiones masivas. En este sentido las políticas de control de la inmigración deben tener como límite el respeto a los derechos humanos. Recientemente señalé que la distinción entre emigración y exilio me parecía superficial. Se dice que el exiliado está obligado a salir de su país por causas políticas, pero ¿qué entendemos por causas políticas? ¿El hambre no es una razón política? ¿No es acaso el producto de políticas que sumen países o regiones en la miseria? Los cientos de miles de extremeños que tuvieron que salir durante la época de Franco para poder continuar alimentando a su familia ¿Salieron porque eran incapaces de trabajar o porque una política represiva e incapaz no les daba las posibilidades de sobrevivir en su propia tierra? | ||
Son muchos los politólogos que piensan que para dar a la globalización una función ecuánime y multicultural es necesario sustituir al FMI por un nuevo sistema de gestión, fuera del control de los EEUU. Por otra parte, a no ser que de pronto triunfe una sociedad planetaria fundada en la cultura de paz y los derechos humanos, lo realista es tratar de basar nuestras tentativas de igualdad en unos derechos que se puedan cumplir, otorgados sobre la base de los derechos de residencia y no de un estatus cívico. La residencia a medio plazo, ya sea legal o ilegal, tiene que dar lugar a derechos que se tienen que cumplir en el país receptor y que deben estar protegidos por la ley internacional. En definitiva es necesario crear en los países de origen condiciones de vida y trabajo que no obliguen a la gente a emigrar Cultura y desarrollo sostenible se unen Otra cuestión fundamental es la ecológica, fundada en la alianza del desarrollo y la preservación del medio ambiente. El crecimiento no puede ser una obsesión que lleve a los gobernantes a pasar por encima de toda consideración de defensa del medio ambiente. Un presidente iberoamericano no dejó más recuerdo de su gestión que esta malhadada frase: "No dejaremos que consideraciones medioambientales detengan nuestro crecimiento". La cuestión cultural es fundamental en este contexto de análisis, pues es en el espacio cultural donde se sigue definiendo esencialmente la idea de Iberoamérica. La cultura es esencial para mantener nuestra identidad, así como a partir de ella esclarecer criterios de relevancia y pertinencia que nos permitan resistir a la globalización y manejar propuestas de desarrollo sostenible. La globalización cultural es siempre la cultura de un centro y es manejada por ese centro, mientras que en la periferia produce la colonización cultural. Son los criterios de pertinencia lo que nos permitirán transitar de la sociedad de la información a la sociedad del conocimiento. Por otra parte, las políticas culturales son importantísima para la paz ciudadana, y creemos que la lucha contra la exclusión y la pobreza tiene en la cultura su mejor aliado, sobre todo si se quiere restablecer el vínculo entre los incluidos y los excluidos. La ideología neoliberal reivindica la noción de "aldea global", que excluya la especificidad cultural, y no postula una democracia global. Su idea de libertad le parece mejor garantizada por el mercado que por la democracia. |
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La educación para todos a lo largo de la vida es la cuestión fundamental del nuevo contrato educacional. En este aspecto nuestro gobierno ha sido particularmente receptivo frente al informe Delors (La Educación el tesoro interior, 1996), que precisa los paradigmas para una educación del siglo XXI. Creemos que la educación debe ser un proceso continuo y que el acceso constante al mayor conocimiento es un ingrediente esencial para potenciar un mayor sentido de la responsabilidad ciudadana. El problema más grave de la educación en América Latina es la desigualdad. Lo más importante en materia educativa es lograr justicia social. Se necesita una educación que contribuya eficazmente a la convivencia democrática y que haga del capital humano el principal recurso. Factor determinante para la construcción de este contrato educacional es la revolución de las nuevas tecnolo-gías. Una de las formas de exclusión es el no tener acceso a ellas. Su expansión en la educación del pueblo extremeño es una de las realizaciones muy avanzadas de nuestro gobierno. Finalmente, pero no por último, la cuestión ética. En ella se inscribe la defensa de los derechos humanos, la construcción una cultura de paz y la promoción de un desarrollo inteligente. Su cláusula central sigue siendo la forma de consolidar la democracia. Tenemos que redefinir la base misma de la democracia. A una economía de mercado a escala planetaria, hay que contraponerle una democracia planetaria. Una nueva cultura de la democracia ha de afianzarse más allá de las fronteras regionales de los dilemas de la asimilación que plantea una emigración creciente y de la fragmentación de la identidad nacional que buscan los grupos del nacionalismo terrorista y de las contradicciones que enfrentan al Estado y el mercado. La lógica del mercado modifica sustancialmente valores a los que nosotros no podemos renunciar. La salud, la educación, la protección de la vejez y la cultura no son mercancías y deben ser garantizados como derechos. Reconocer la igualdad de oportunidades y de derechos sociales es básico para el desarrollo de países como los nuestros. Para concluir tenemos que reconocer que no es posible escapar a la globalización, sería caer en el oscurantismo, porque la globalización es ante todo la globalización del hecho comunicativo. Es suicida no reconocer la necesidad de integrarse a la modernidad planetaria, pero igualmente suicida es hacerlo prescindiendo de criterios de pertinencia y relevancia que defendan nuestra identidad, hagan coherente nuestro desarrollo y afirmen nuestros valores. En caso contrario nuestra integración se hará como la fábula del cerdo y la gallina, que contó Jacques Delors cuando fue nuestro huésped en Extremadura:
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Juan Carlos Rodríguez Ibarra es presidente de la Junta de Extremadura, España | |
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