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Mercosur | Opinión |
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| Volver a la portada de Mercosur Índice de autores 1 de noviembre de 2001 |
| OPINIÓN El déficit, las empresas y el contrato por Gustavo Franco | ||
Un nuevo paradigma cambiario La fluctuación también trae problemas | ||
| La
teoría económica enseña que es normal y aconsejable que países
emergentes tengan déficit en las transacciones externas en cuenta
corriente. Es normal porque esos países tienden a recibir ahorros
externos en cantidad, bajo la forma de inversiones directas o de préstamos. En
estos países son mayores las oportunidades de inversión y menores las
disponibilidades de ahorro. Siendo así, países emergentes, gracias al
ahorro externo pueden crecer más de lo que sería posible contando sólo
con sus propios recursos. Es
extraño que sea así cuando los países emergentes tienen superávit en
cuenta corriente y, en consecuencia «exportan» ahorros. Extraño no,
irracional, y que ocurre en circunstancias excepcionalmente malas: con
hiperinflaciones o como consecuencia de moratorias y otras cosas de ese
tipo. Todos
los economistas saben eso, incluso los que son candidatos a la
presidencia de la República. En
el Brasil, el financiamiento del déficit en cuenta corriente es
facilitado por el hecho de que, históricamente, recibimos entre el
cuatro y el cinco por ciento del flujo global de inversiones extranjeras
directas. Basta que el Brasil no sufra una hiperinflación para que las
inversiones lleguen y no es poco. Este año serán como veinte mil
millones de dólares, pero ha estado en torno a los treinta mil millones
anuales. También
es normal que exista endeudamiento en el exterior, porque el gobierno y
las empresas brasileñas encuentran recursos en los mercados
internacionales de capitales con intereses y plazos que no están
disponibles en el país. El endeudamiento externo se deriva de la
tibieza del mercado de capitales local, o de la ausencia de ahorro
privado de largo plazo. No hay dudas de que el endeudamiento externo es
necesario y útil para permitir tasas de inversiones mayores de las que
habría en el caso de que no hubiese «ahorro externo». Todo normal, sin embargo, la introducción de un nuevo paradigma cambiario está removiendo esos conceptos. | ||
Un nuevo paradigma cambiario Desde
que fue inventado el régimen de minidesvalorizaciones cambiarias, o
cuando comenzamos a tener que indexar la tasa de cambios, prevaleció
una especie de «contrato» entre el gobierno y las empresas inversoras,
públicas y privadas, según el cual la tasa de cambio real debería ser
estable y competitiva. Otra
manera de ver el asunto es la de que prevalecería una especie de garantía»
del gobierno de que no habrían «sorpresas negativas» para las
empresas captando inversiones en el exterior, pues muchas de éstas eran
las responsables por el avance de inversiones esenciales para el
desarrollo del país. Varios tipos de políticas cambiarias fueron
implementadas a lo largo de los últimos años y todas, excepto la
actual, tenían implícito este «contrato». Nótese
que en este «contrato» no se puede decir que existan «subsidios» o
«incentivos indebidos» para la captación externa, incluso porque los
que se endeudan saben que la coyuntura externa puede cambiar
radicalmente y el cambio de la entrada (de los recursos) puede ser
radicalmente diferente del cambio de pago del préstamo, con evidente
perjuicios para la empresa. Pero siempre que esto ocurrió el gobierno
encontró la manera de reducir los daños para las empresas porque, al
fin de cuentas, es con ellas que se construye el desarrollo. En
un mundo donde las tasas de cambio fluctúan mucho, en contraste con lo
que se verificaba en los regímenes anteriores, el incentivo para captar
en el exterior queda debilitado. Los riesgos son muy grandes. Nótese
que hay un incentivo natural para que las empresas exportadoras se
endeuden en el exterior, pues ellas tienen un «hedge» natural,
mientras que otras, como las de los sectores «non-tradables»
(servicios e infraestructura) están en una situación inversa. Éstas,
téngase claro, también son esenciales para el desarrollo y para la
competitividad, por sus impactos sobre el llamado «costo Brasil». Estas
empresas trabajan en sectores intensivos en capital y no pueden
prescindir de la captación externa, pues el «funding» que necesitan
no existe en el Brasil fuera del Banco Nacional de Desarrollo, cuyos
recursos son limitados. No hay como escapar del «desnivel de balances»,
por lo tanto, en esos sectores. | ||
La fluctuación también trae problemas El
problema del riesgo cambiario, o del divorcio, el desbalance, entre
indexadores en el rendimiento y en los gastos en las industrias no
exportadoras, es serio cuando el régimen es de fluctuación. El ejemplo
más dramático que tuvimos fue el del atraso en las inversiones en
usinas termoeléctricas, sólo resuelto cuando la crisis de energía eléctrica
se instaló y la Petrobrás, bajo presión, asumió tales riesgos. O sea
que se estatizó el riesgo cambiario y los proyectos salieron adelante,
y nadie habló en Proer para las termoeléctricas. Pero
el problema permanece en otros sectores carentes de inversiones, y se
está volviendo crítico a medida que la inestabilidad cambiaria se
profundiza. La vida empresarial, en un mundo donde el dólar fluctúa
tanto es extremadamente compleja. Todo
sucede como se hubiese dos monedas y una de ellas estuviese sufriendo
inflación. Varios problemas que se daban en el tiempo de la inflación
son perceptibles, además de algunos nuevos, pues el dólar no se mueve
sólo hacia arriba. Las distorsiones contables y tributarias se
acumulan, las pérdidas debidas a los desbalances también, y las
empresas se sienten en un ambiente hostil para invertir. No
hay dudas de que, bajo el régimen de fluctuación cambiaria cambió el
paradigma en lo tocante a la «garantía» antes mencionada. No hay más
seguridad sobre el cambio y por lo tanto hay menos incentivos para
captar en el exterior e invertir. Sin
dudas, es más difícil, en estas condiciones, financiar el déficit en
cuenta corriente, o sea que la economía tendrá menos ahorros externos
y menos crecimiento. La solución, para los «heterodoxos» en el
gobierno y fuera de él, es acabar con el déficit en cuenta corriente,
una solución, claro, que es mediocre para resolver el problema. Para algunos, liberales de perfil bien radical, no debe haber «garantía» de ninguna clase por parte del gobierno en lo referente a la tasa de cambio. El régimen debe fluctuar sin ninguna limitación, pues solo así el mercado «actuaría correctamente» sobre los préstamos externos y se formaría un punto de vista «correcto» sobre la atracción de endeudarse en dólares. Fuertes indicios de esta percepción ultraliberal pudieron ser vistos en 1999 y 2000. Y así tuvimos una extraña conjunción de intereses de ultraliberales y «heterodoxos». No podía dar resultado. (Agestado, San Pablo). | ||
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