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26 de mayo de 2000

OPINIÓN
La reforma de la Organización Mundial de COmercio es inviable.
(Walden Bello)
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Existen serias dudas sobre la utilidad de la OMC
El FMI y la OMC sufren una crisis de legitimidad

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Un serio análisis de los orígenes, la dinámica y la estructura de la Organización Mundial del Comercio (OMC), hace pensar que reformarla –tal como proponen algunos expertos-- es poco menos que imposible.

Aunque la reforma es una estrategia viable para un sistema que en lo esencial fuera justo, pero que hubiera sido corrompido, no lo es para un sistema fundamentalmente injusto en sus propósitos, principios y procedimientos, como lo es el de la OMC.

Esta organización protege sistemáticamente el comercio de los países ricos y las ventajas económicas de que éstos, en particular Estados Unidos, disfrutan. La OMC es a menudo promocionada como un marco comercial "basado en reglas" que protege a los países más débiles y más pobres de las acciones unilaterales de los estados más fuertes.

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Pero la verdad es todo lo contrario. La OMC, como muchos otros acuerdos multilaterales internacionales, está destinada a institucionalizar y a legitimar la desigualdad. Su propósito principal es el de reducir los tremendos costos de las acciones de policía que deberían realizar las potencias más fuertes para disciplinar a muchos países pequeños dentro de un sistema internacional más fluido y menos estructurado que el actual.

La cuestión fundamental que subyace en el tema de la reforma del organismo, es si en realidad la OMC es necesaria.

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Existen serias dudas sobre la utilidad de la OMC

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El comercio mundial no necesitó a la OMC para expandirse a un ritmo cada vez más rápido entre 1948 y 1997, período en el que pasó de 124 mil millones de dólares a 10 billones 772 mil millones de dólares. Esta expansión tuvo lugar bajo el flexible régimen para el comercio del Acuerdo General sobre Comercio y Aranceles (GATT).

Tampoco fue la fundación de la OMC en 1995 una respuesta a un derrumbe del comercio mundial como el ocurrido en la década de los años 30. Japón y la Unión Europea fueron muy ambivalentes con respecto a su creación, en buena parte para proteger a sus subsidiados sectores agrícolas. 

La fundación de la OMC sirvió en primer lugar a los intereses de Estados Unidos. Fue sobre todo ese país el que pujó para hacer que el sector de Los servicios quedara bajo la cobertura de la OMC, puesto que Washington percibió que en el sector floreciente de los servicios internacionales, en particular los financieros, sus corporaciones tienen un liderazgo que quieren preservar.

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También Estados Unidos insistió para que se extendiera la jurisdicción de la OMC a fin de incluir las llamadas "Reglas para las Inversiones Afines al Comercio" (TRIMs) y los "Derechos de Propiedad Intelectual Afines al Comercio" (TRIPs). Con las primeras se buscó eliminar unas barreras impuestas por países en desarrollo para fomentar sus propias industrias y con las segundas se buscó consolidar la ventaja estadounidense en las industrias de alta tecnología.

Y fue Estados Unidos quien forzó la creación del formidable mecanismo de resolución de conflictos y de aplicación de sanciones de la OMC tras sentirse frustrado por los que consideraba débiles esfuerzos del GATT para poner en vigor decisiones favorables a los intereses de Washington.

En resumen: no fue una necesidad universal la que produjo el nacimiento de la OMC sino el resultado de una evaluación hecha por Estados Unidos en el sentido de que los intereses de sus corporaciones no eran servidos adecuadamente por un GATT (Acuerdo General de Aranceles y Comercio) flexible, y que necesitaba una organización todopoderosa y de largo alcance, como la OMC.

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El FMI y la OMC sufren una crisis de legitimidad

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No es sorprendente que tanto la OMC como el Fondo Monetario Internacional (FMI) estén actualmente empantanados en una fuerte crisis de legitimidad. Porque ambas son instituciones mundiales altamente centralizadas y carentes de transparencia que buscan controlar una vasta serie de procesos económicos, sociales, políticos y ambientales globales, en beneficio de los intereses de una minoría de estados, elites y corporaciones transnacionales.

La dinámica centralizadora de estas instituciones se enfrenta con los esfuerzos de comunidades y naciones que tratan de recuperar el control de sus destinos y conseguir un mínimo de seguridad mediante la descentralización del poder económico y político. En otras palabras, aquellas son instituciones jurásicas en una época que debiera ser de democracia económica y política participativa.

El mundo actual no necesita otra institución global centralizada, reformada o sin reformar, sino más bien la desconcentración del poder institucional y la creación de un sistema pluralista de instituciones que interactúen unas con otras por medio de acuerdos y arreglos definidos en términos generales y flexibles.

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Dicho sea de otro modo, los países en desarrollo y la sociedad civil deberían apuntar no a reformar la OMC sino, a través de una combinación de medidas pasivas y activas, a reducir radicalmente el poder de esa organización y hacer de ella simplemente otra institución internacional que coexista con y sea controlada por otras organizaciones internacionales, acuerdos y agrupaciones regionales.

Es en un mundo más fluido, menos estructurado y más pluralista, con múltiples controles y equilibrios, que las naciones y las comunidades del Sur del planeta pueden ser capaces de hacerse un espacio para desarrollarse según los valores, ritmos y estrategias que ellas mismas elijan. (Manila, IPS/Comunica)

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Walden Bello

Walden Bello es director ejecutivo de Focus on the Global South y profesor de Sociología y Administración Pública en la Universidad de las Filipinas.


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