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2 de octubre de 2000

OPINIÓN
La anodina Cumbre Sudamerican.
(Rodrigo Borja)
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Hace un año, durante los trece días de debate en el 54º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York, en el que participaron 180 oradores para pasar revista a la situación del mundo, se formularon muy duras críticas contra la globalización.

Pasado el efecto anestésico que durante una década ha tenido la propaganda esparcida por el globalismo, los jefes de Estado y cancilleres del Tercer Mundo acusaron a la globalización de acrecentar las diferencias entre los países ricos y los pobres. El ministro de asuntos exteriores de la pequeña isla caribeña de Granada expresó dramáticamente que «no se puede esperar de nosotros que bebamos de esa taza de cicuta que es la globalización para mayor gloria de los diseñadores del nuevo milenio». No obstante la recomendación del presidente norteamericano Bill Clinton de que los países atrasados deben invertir en educación para que así puedan tener acceso a los beneficios de la globalización, hubo sin duda consenso entre los delegados del Tercer Mundo en que «los países en desarrollo son, en su mayor parte, demasiado débiles para sacar partido de las nuevas oportunidades, lo que les lleva a una mayor marginación», según explicó a la prensa el presidente de la Asamblea General Theo-Ben Gurirab.

Hago este recuerdo a propósito de la cumbre sudamericana en Brasilia (01-09-00) que acaba de terminar sin que se haya hecho ninguna mención al problema de la globalización, que es la estrategia de los países industriales para conquistar nuestros mercados y quebrar las empresas productivas locales. 

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Esto es decepcionante. Los presidentes latinoamericanos tienen terror a tratar el tema. No han sido capaces de aprender la trágica lección de la década de los 80, cuando cometieron el error suicida de no formar un frente unido de países deudores para presionar por un arreglo equitativo de la deuda. Dos décadas después, en abril de este año en La Habana, dejaron pasar la gran oportunidad de afinar estrategias sobre la globalización que se presentó cuando se juntaron por primera vez los jefes de Estado y de gobierno del Grupo de los 77. Acudió a la cita medio centenar de gobernantes del Tercer Mundo pero solamente dos de América Latina: el anfitrión y el presidente de Venezuela. Los demás estuvieron ausentes de la Cumbre del Sur en la que se discutieron cuatro temas de vital importancia para los países subdesarrollados: sus relaciones con el Norte, la cooperación Sur-Sur, la globalización  de la economía y la sociedad del conocimiento.

Hoy han vuelto a incurrir en el error de no asumir el principal problema de nuestro tiempo, que es la globalización de las economías, como si ella no tuviera sus ganadores y sus perdedores, como si no estuviera marchitando las economías de los países pequeños y acrecentando la dominación política y económica del mundo industrializado.

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El tiempo reemplaza al espacio

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El globalismo ha «desterritorializado» la política y la economía. Las ha liberado de las fronteras nacionales. El territorio ha pasado a ser menos importante que el tiempo como dimensión La dimensión temporal se ha superpuesto a la espacial, en el sentido de que lo que tradicionalmente se ha considerado como «nacional de la economía. Cosa que antes no ocurría así» ha sido desbordado por «lo global» y de que las fronteras estatales ya no cuentan o cuentan cada vez menos como factores condicionantes de la actividad política y económica. Las «plazas financieras» no coinciden, como antes, con la diagramación territorial de los Estados. La «alianza» entre las telecomunicaciones, la informática y los transportes ha empequeñecido el planeta. Ha aproximado sus puntos más distantes. Ha vencido las dificultades de la geografía. Esto lo saben bien los actores políticos y económicos. A las corporaciones transnacionales no les interesa la territorialidad, en el sentido estatal de la palabra. De ahí que en la «aldea global» la dimensión espacial haya cedido su importancia a la temporal y el aprovechamiento del tiempo se haya vuelto el factor clave de la competencia y emulación económicas.

Debe avergonzarnos que, frente a nuestra inacción y a nuestro silencio, un gobernante consciente y solidario del Primer Mundo como Lionel Jospin, jefe del gobierno de Francia, haya alzado su voz para expresar que «reconocemos plenamente la globalización, pero no consideramos su manifestación inevitable. De aquí que tratemos de crear un sistema de regulación de la economía capitalista mundial. Opinamos que a través de la acción conjunta europea  --en una Europa animada por los ideales democráticos sociales--  se pueden reglamentar algunas áreas claves, como las finanzas, el comercio o la informática». Y concluyó que no debemos rendirnos ante un modelo capitalista «inevitable» y tenido como natural. «No debemos rendirnos al concepto fatalista de que el modelo capitalista neoliberal sea el único disponible»  --escribió en El País Digital de España el 22 de noviembre de 1999-- sino que debemos moldear el mundo con nuestros valores. (Quito).

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Rodrigo Borja
Presidente del Ecuador en el período 1988-92, doctor honoris causa por la Sorbona de París y las universidades de Buenos Aires, San Andrés de Bolivia y de North Carolina..

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