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17 de julio de 2003


Editorial
Hay que pasar de las palabras a los hechos
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Tan sólo unos meses atrás en vastos sectores de la opinión pública se temía por el futuro del Mercosur. Ahora, con el impulso que los presidentes de Argentina, Brasil y Chile le han dado, el panorama cambia, al menos en los compromisos gubernamentales que en un futuro próximo habrá que traducir en hechos.

Los presidentes Néstor Kirchner, Luis Inácio Lula da Silva y Ricardo Lagos, al reunirse en Inglaterra esta semana, han reiterado por activa y por pasiva su decisión de reactivar el Mercosur, de potenciar sus posibilidades como ente integrador y de desarrollo de las instituciones democráticas, así como de acelerar las negociaciones de éste con la Comunidad Andina de Naciones para concretar una zona de libre comercio sudamericana, paso previo e indispensable para una integración más profunda.

En ese contexto, Lagos reclama una coordinación con sus socios para “una ejecución dinámica de programas de infraestructura física, en especial en la perspectiva de los corredores bioceánicos y la relación del Mercosur con otras regiones del mundo”. Lula, apuntando más a los hechos que a las palabras, durante su viaje a Europa planteó a las empresas y gobiernos de esta región la necesidad de que se concreten inversiones para apoyar la integración física, es decir para construir carreteras, ferrocarriles, gasoductos, oleoductos y tendidos eléctricos entre todos los países sudamericanos.

¿Sería eso una ayuda al desarrollo? No, al menos en el sentido tradicional de esa expresión, ya que pueden merecer ese calificativo las donaciones o créditos a muy bajo costo que los países europeos otorgan a los menos desarrollados. Pero en la mayoría de los casos planteados por el presidente brasileño no se tratará de ayuda, sino de negocios, pues las empresas que se involucren en la construcción de las infraestructuras para la integración física no lo harán gratis.

Además, los tres presidentes tomaron en Inglaterra la iniciativa de convocar una reunión extraordinaria del Mercosur, que bien podría llegar a denominarse la del renacimiento, siempre y cuando en ella además de examinar planes y propuestas se adopten resoluciones concretas. Resoluciones sobre aspectos económicos y comerciales, pero también institucionales, como la creación de un Instituto Monetario y un Parlamento del bloque.

Un problema, en cierto sentido, está en Uruguay, el país que acaba de asumir la presidencia del Mercosur durante este segundo semestre, dado que su canciller, Didier Opertti, no se mostró dispuesto a acelerar las negociaciones con la Comunidad Andina o con Venezuela (“un tema esencialmente político”, dijo), ni a impulsar el establecimiento de un Parlamento, sino que manifestó que la presidencia uruguaya estaría dedicada a lograr un sistema que permita tener alertas tempranos sobre la fiebre aftosa y a resolver algunas cuestiones comerciales pendientes.

No obstante, se puede decir que el bloque vuelve a ser la esperanza de Sudamérica y, esta vez, parece que lo hará contando con la Unión Europea y, dentro de ésta, con España y Portugal como firmes aliados. Por lo tanto habrá llegado, también, la hora de hacer realidad esa Zona Interatlántica de Libre Comercio, cuyo acuerdo se firmó en Madrid en 1995 pero que todavía no ha sido puesto en práctica.

Funcionarios de ambas regiones no se cansan de repetir que “casi todo está hecho”, que al menos un 80 por ciento de las cuestiones están resueltas y que por lo tanto esperan terminar las negociaciones este año. Pero omiten decir, o utilizan medias palabras para hacerlo, que el tema clave para los países del Sur, los subsidios y la ausencia de libre comercio en el sector agropecuario está todavía en la lista de espera. Y aunque este asunto esté dentro de ese “pequeño” veinte por ciento que falta resolver es, para las cuestiones macroeconómicas,  uno de los principales, sino el principal.

En esto también habrá que pasar de las palabras a los hechos. Las promesas de los gobernantes europeos amigos del Mercosur deben transformarse en realidades, aunque éstas puedan ocasionarles algunos pequeños y pasajeros problemas políticos internos.

Porque, a medio y largo plazo, esas acciones rendirán frutos a ambos lados del Atlántico.

 

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