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4 de diciembre de 2003


Editorial
Hay buenos indicios, pero…
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El saliente Secretario General del Sistema Económico Latinoamericano (SELA), el chileno Otto Boye, acaba de formular una seria advertencia que merece no ser echada en saco roto: «El tiempo se acaba” y hay que trabajar aceleradamente si de verdad los gobiernos desean concretar la integración regional. En su discurso de despedida, tras concluir su mandato, Boye fue claro y tajante al señalar que los líderes nacionales «no han estado a la altura» (de las necesidades de sus pueblos). «Los he visto débiles a la hora de las decisiones colectivas y comunitarias…por eso, aunque no lo quieran,  serán responsables ante las generaciones venideras de no haberle dado a esta zona del mundo un horizonte estratégico que la impulse hacia delante como un todo», subrayó.

Otro de los puntos clave que destacó Boye en esa llamada de alerta fue la débil situación financiera del SELA, institución que a su juicio no recibe el respaldo económico que necesita para llevar adelante la importante tarea que se le ha encomendado, ante lo que formuló la siguiente reflexión: «¿Qué se puede esperar de esta situación? Que de verdad quisieran ver desaparecido a este Organismo».

La preocupación de Boye, experto economista que vivió muy de cerca los desastrosos resultados que tuvo –y aún tiene- para Latinoamérica la famosa «Década pérdida», coincide con otras llamadas de atención que vienen formulando no menos importantes líderes regionales como son los presidentes de Argentina y Brasil, Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula da Silva. En un sonado documento de 22 puntos titulado Consenso de Buenos Aires,  firmado recientemente en Buenos Aires, ambos mandatarios ratificaron «su posición contraria»  al llamado Consenso de Washington que pautó la estrategia económica impuesta en esos años en la región y enfatizaron la necesidad de priorizar el crecimiento con igualdad social y la defensa de los intereses del sur americano.

Por esas razones, ambos se han comprometido a «intensificar la cooperación bilateral y regional para garantizar a todos los ciudadanos el pleno goce de sus derechos y libertades fundamentales, incluido el derecho al desarrollo…»

Asimismo, en ese contexto, han subrayado que … «El Mercosur no es sólo un bloque comercial sino que constituye un catalizador de valores, tradiciones y futuro compartido…»

Pero todas estas declaraciones de intenciones son difíciles de llevar a la práctica en el contexto internacional y regional que hoy viven los países con menor o bajo desarrollo.

Chocan, sobre todo, con las fluctuaciones diarias de la economía mundializada que se rige por distintos parámetros. Sobre todo los que impone el FMI a los países que están sumergidos en las aguas de las abultadas deudas externas. Pero así y todo, según recientes indicios, éstos comienzan a ver alguna débil luz a la salida del túnel. 

Entre esos buenos indicios está la incipiente mejoría de la crisis argentina, los compromisos inversores de empresas como Repsol-YPF, Endesa y Techint, entre otras, el acuerdo multinacional para concretar la Hidrovía Paraguay-Paraná, las actuaciones coordinadas en Cancún y las de las negociaciones del ALCA.

En relación con la Hidrovía, una buena señal lo constituye el acuerdo firmado por los presidentes de la Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay para concretar el proyecto, porque ponen fechas precisas para cumplir las medidas que encomendaron a sus ministros y delegados nacionales. Dicha Hidrovía no sólo será importante para consolidar la integración del Mercosur, sino que constituirá un factor positivo para el desarrollo económico de cada uno de los países miembros.

No obstante, si se quiere hacer caso a las claras advertencias de Boye,  además, hay otras cuestiones que exigen, sin pérdida de tiempo, mayores concreciones, como la negociación con la Comunidad Andina de Naciones para establecer un tratado de libre comercio entre ambos bloques, la culminación de los trabajos UE-Mercosur a efectos de poner en marcha el Tratado Interatlántico de Libre Comercio, suscripto en 1995 y que aún  no ha sido implementado y el propio avance de la reducción de trabas aduaneras para el comercio entre los países miembros y asociados del Mercosur.

Los buenos indicios alientan, las carencias observadas preocupan y las necesidades, quiérase o no, demandan acciones más concretas de los gobiernos. Y entre éstos esa demanda se dirige en especial a los dos grandes del bloque, Argentina y Brasil.

 

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