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10 de octubre de 2002


Editorial
Todos los ojos miran a Brasil
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Brasil, ese país que es casi un continente y en el que las desmesuras no se refieren sólo a su superficie sino también a su economía, su cultura, su ambiente, su ciencia, su política y más cosas, está concentrando las miradas de todo el mundo.

La primera vuelta de las elecciones es un ejemplo también de ello, por sus resultados y por su técnica.

El uso eficiente y sin conflictos de urnas electrónicas incluso en zonas como la Amazonia, en un país con vastos sectores de la población analfabetos y de bajo nivel cultural, mostró el otro lado de la moneda: el Brasil está a la vanguardia de la informática. Ahora se puede recordar, y comparar, el bochornoso espectáculo, en Miami, al término de las últimas elecciones presidenciales estadounidenses.

Desmesura en dos sentidos: en la marginalidad social de millones de habitantes que, no obstante, votaron correctamente en las urnas electrónicas, y en el avanzado desarrollo de su ciencia y su técnica. Desarrollo logrado a pesar del embargo que durante décadas Estados Unidos impuso al Brasil para la compra de computadoras de gran potencia. O quizás precisamente gracias a ese embargo, que obligó a potenciar la investigación científica y técnica.

Pero esa desmesura también se manifestó políticamente: los candidatos definidos como izquierdistas, unos más duros, otros más suaves, rondaron el 80 por ciento de los votos.

Es una izquierda distinta de la que décadas atrás conmocionó a toda América Latina y que reconoce matices y diferencias pronunciadas entre unos y otros candidatos.

Sea quien sea el triunfador en la segunda vuelta pertenecerá a esa corriente, uno más moderado, Serra y el otro, Lula, moderando día a día su mensaje político.

Ambos han planteado que encararán a fondo la cuestión social y ambos han reiterado su compromiso con el Mercosur y su voluntad de cumplir con las obligaciones internacionales.

En este punto deberán sortear otra desmesura a dos bandas: por un lado la terrible realidad de que dos tercios de los 170 millones de habitantes viven en la pobreza, con ingresos de medio a un dólar diario. Por el otro una deuda externa que equivale al 69 por ciento del Producto Interno Bruto del país.

Todo ello explica que los ojos del mundo estén puestos en el Brasil.  El 27 de octubre, día en el que se elegirá al nuevo presidente, la mirada será penetrante, pero es seguro que la atención se mantendrá al menos hasta que el sucesor de Fernando Henrique Cardoso adopte las primeras medidas de gobierno. De ellas dependerá no sólo el futuro inmediato del Brasil sino también, en gran medida, del resto de América Latina.

 

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