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6 de junio de 2002


Editorial
Todo apunta a Brasil
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Las políticas aplicadas por los últimos gobiernos argentinos, sobre todo por el ex presidente Fernando de la Rúa, impuestas y apoyadas por el Fondo Monetario Internacional, llevaron a la Argentina a la parálisis de su economía. Pese a ello, ese país aún sobrevive y el MERCOSUR ha logrado sobrevivir y aún sigue funcionando.

Con altibajos y muchísimas dificultades, pero como un atractivo serio para la integración de América del Sur, a tenor del interés demostrado por la Comunidad Andina de Naciones en acelerar el ritmo de las conversaciones orientadas a establecer a corto plazo una zona de libre comercio entre ambos bloques.

También la Unión Europea ha reiterado su interés por concluir las conversaciones iniciadas en diciembre de 1995 en Madrid,  a la vez  que los socios del bloque sureño vuelven a hablar de la necesidad y posibilidad de avanzar hacia una moneda común.

No obstante, las amenazas contra la estabilidad del Mercosur aún no se han disipado, tras centrarse en los últimos meses en la Argentina, obstaculizando todos los esfuerzos del gobierno de ese país por obtener apoyo externo para superar la profunda crisis que le impide  equilibrar el pago de los compromisos externos con su desarrollo interno.

Parece obvio señalar que si la  profunda crisis de ese país se enquistase en un proceso de larga duración, el destino de sus socios en el Mercosur y su propia supervivencia como nación  resultarían gravemente amenazados.

No obstante, a tenor de lo ocurrido hasta ahora y contra todo pronóstico, puede esperarse que la situación sufra un vuelco importante.

Porque el Mercosur no parece dispuesto a disgregarse sino que ha reaccionado de manera solidaria con la Argentina. Sobre todo lo ha hecho Brasil, que dentro de los límites que fijan sus propios intereses nacionales ha reaccionado haciendo gala de solidaridad con el país vecino.

De ahí que resulten preocupantes los últimos acontecimientos financieros en Brasil, sumido en un importante proceso electoral que desequilibra la gobernanza interna y externa del gigante del Cono Sur de América. En estos momentos esa gobernanza es amenazada por el alza del riesgo país “decretado” por las consultoras internacionales y por las incertidumbres despertadas por el mantenimiento de una alta intención de voto (en torno al 40 por ciento) de Lula, el candidato a la presidencia por el izquierdista Partido de los Trabajadores.

Otra vez, como le tocó hacerlo un par de veces en los últimos años, Brasil se convierte en un dique de contención contra las amenazas a la supervivencia del Mercosur. De lo que ocurra en este país en los próximos meses dependerá en gran medida no sólo el futuro desarrollo del bloque, sino también su propia existencia.

Hoy por hoy parece que la reacción natural, y correspondiente, del gobierno y de los sectores productivos brasileños será la de apostar por la estabilidad económica y financiera en lo interno y en lo externo por fortalecer los lazos con sus socios del Mercosur. Aunque cada vez se pueda hablar menos de cuestiones internas y externas al referirse a la relación entre los miembros del Mercosur, los dos países asociados (Bolivia y Chile) y Venezuela, que ha solicitado asociarse. Porque lo que le ocurra a cualquiera de ellos afectará, en mayor o menor medida, al futuro del bloque y a la integración sudamericana, un requisito indispensable para afirmar una ubicación positiva en el proceso mundial e inevitable de la globalización.

 

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