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| ANÁLISIS Uruguay – Argentina: La playa de la chimenea por Marcela Valente | ||
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Ñandubaysal, el «balneario» más atractivo de la ciudad argentina Gualeguaychú, está sobre el fronterizo río Uruguay, frente al país de nombre homónimo. Desde sus arenas, el agua se pierde hacia el inmenso estuario del Plata…, o se topa con una chimenea de la fábrica de celulosa en la ribera uruguaya. «Tenemos el mejor amanecer del mundo», se ufana el encargado de uno de los restaurantes de este «balneario» (como se llama en la región a los lugares turísticos con playas) que recibe unos 300.000 visitantes cada verano.
Respecto del río, Agustín también es pesimista. La fábrica utilizará al menos 80 millones de litros de agua por día que tomará del Uruguay que, en la orilla argentina, permite a los bañistas adentrarse hasta 200 metros sin que el agua les llegue a la cintura. Y hay mucha inquietud acerca de los líquidos residuales que devolverá la industria al mismo río. «Este río es un remanso. La corriente no escurre rápida hacia el Río de la Plata sino que el agua va y viene, por eso tenemos mucho miedo de la contaminación», explicó la fuente. «Los que tenemos mi edad --64 años-- lo hemos visto en otros ríos donde hace décadas usted podía bañarse y ahora son una cloaca inmunda», afirma en referencia al Riachuelo, en el sur de la ciudad de Buenos Aires.
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Dos años de marchas y protestas
La apacible Gualeguaychú obtuvo
notoriedad internacional por su resistencia a la anunciada instalación de
dos fábricas de celulosa en la margen oriental del río Uruguay. En 2003,
algunos residentes iniciaron marchas y protestas que en el último año se
volvieron más aguerridas, incluyendo un bloqueo casi permanente del tránsito
sobre la ruta que conduce a uno de los tres puentes internacionales con el
país vecino, instalado en el pasado verano austral y reiterado desde este
mes de diciembre. «Hace unos 25 años cerró el Frigorífico Gualeguaychú, del
que vivía un tercio de nuestra población, y desde entonces nos volcamos al
turismo», explicó a IPS Marta Gorrosterrazú, secretaria de la no
gubernamental Asamblea Ciudadana Ambiental de la ciudad, contraria al arribo
a gran escala de la industria de la celulosa. «Nos cambiarían ese modelo de
vida», asegura. Martín Alazard es médico y activo integrante de la Asamblea. «Es cierto que desde aquí no se ve la planta», dice a IPS sentado en una oficina que la Secretaría de Cultura del municipio cede a los vecinos. «Pero esta ciudad vive de los visitantes que llegan atraídos por el carnaval y por las playas», asegura.
En Gualeguaychú, la calle
comercial es larga. Casi no hay local que no tenga un letrero en su vidriera
expresando su rechazo a las fábricas de celulosa. En algunas tiendas hay
tantos carteles y fotografías de las movilizaciones, que cuesta identificar
si se trata de un comercio o de una oficina de la Asamblea. El carnaval es
el atractivo turístico principal de la ciudad desde diciembre a marzo. «Un
día de carnaval, en el corsódromo recibimos a 30.000 personas, y de ese
total que se mueve por la ciudad, hay 10.000 que van a Ñandubaysal, donde sí
se ve la chimenea», afirma Alazard. El médico también teme por las emisiones atmosféricas que pueden llegar al centro, ubicado a unos 25 kilómetros de la planta, y sufre por la contaminación del río. «Si dejamos que se instalen allí, después vendrán otras firmas que querrán radicarse en nuestras ciudades de la ribera, más arriba y más abajo del río», vaticina. Según la Secretaría de Turismo de Gualeguaychú, que apoya el movimiento vecinal, en 2005 la ciudad recibió unos 470.000 visitantes, y este año, por primera vez, hubo visitas también en invierno debido a la inauguración de un complejo de baños termales. «Tenemos el carnaval, las playas, las termas, los deportes náuticos, el casino y, por supuesto, la naturaleza», enumera a IPS el coordinador de la Secretaría de Turismo, Fabián Godoy.
«Hay 4.500 personas ocupadas en relación al turismo todo el año, y ese total se duplica en los meses de verano», afirma el funcionario. De hecho, en los comedores populares que mantiene el gobierno comunal para personas pobres y sin empleo, la cantidad de comensales baja en verano de 6.000 a 4.500, merma atribuida a la mayor oferta de trabajos temporarios. Por eso, explican los asambleístas, cortan la ruta como medida de protesta contra Uruguay, cuyo gobierno, paradójicamente, apoya la instalación de la industria de la celulosa con un fin similar: incentivar la creación de empleo. | ||
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«En el turismo es donde más duele», dice Agustín, en referencia a que el bloqueo frena la llegada de visitantes a las playas uruguayas situadas sobre el océano Atlántico. «Ellos dicen que los cortes les perjudican la llegada de turismo, pero yo aquí tengo tres empleadas uruguayas, y de este negocio viven además mis hijos y mis nietos», precisa el hombre, participante asiduo de las reuniones de la Asamblea. El gobierno uruguayo de Tabaré Vázquez estima en más de 400 millones de dólares las pérdidas que dejaron los cortes de tránsito en la última temporada.
De este lado se exhiben
estimaciones de los daños económicos que hubiera causado la puesta en marcha
de las dos fábricas, incluyendo la de la española Empresa Nacional de
Celulosa de España (ENCE), que este año decidió retirarse de su
emplazamiento original y este mes anunció su intención de instalarse en otro
sitio del territorio uruguayo. El informe de la delegación argentina al
fallido Grupo de Trabajo de Alto Nivel, conformado por ambos gobiernos en
2005 para hallar una solución a la controversia, evaluó en 813 millones de
dólares el impacto socio-económico que hubieran tenido esas dos plantas.
Dicho informe enumeraba la
depreciación de los inmuebles rurales y urbanos, el potencial lucro cesante
y las pérdidas por la caída de actividad en el turismo y la producción
agropecuaria. Para el vecino de Gualeguaychú, quien alimenta el corte de ruta, el turismo es el tesoro más preciado, y en las oficinas de información turística hay carteles y folletos sobre las fábricas que se entregan a cada visitante. La ciudad recibe al recién llegado con un enorme cartel de rechazo a las fábricas, que ya parece su seña de identidad. «Aquí cuando viene el turista, no llueve», sentencia el taxista minutos después de mi llegada bajo un verdadero aguacero. Y, efectivamente, en cuestión de horas el cielo está celeste y la temperatura cerca de los 30 grados. (Gualeguaychú, Argentina). | ||
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