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9 de enero  de 2003


ANÁLISIS
El momento mágico de Lula
Por Carlos Alfieri
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Un bálsamo tranquilizador
La espada de la deuda
 

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Tras los nubarrones amenazantes que precedieron a su triunfo electoral, la asunción de la presidencia de Brasil por parte de Luiz Inácio Lula da Silva y su primera semana de gobierno no podrían haber sido más plácidas.

Como haciendo gala de una recuperada serenidad, los mercados, incansablemente turbulentos durante la segunda mitad del año pasado, no cesaron de enviar señales positivas.

Así, el índice Bovespa de la Bolsa de São Paulo pasó de los 11.200 puntos del 27 de diciembre a los 12.019 puntos del 6 de enero, registrando sólo en el último día un alza del 3,61 por ciento, y en la primera semana de enero una valorización del 6,66 por ciento.

El dólar, que se cotizaba a 3,56 reales el 26 de diciembre, descendió a 3,35 reales el 6 de enero. También caía significativamente el riesgo país, y para completar las buenas noticias, la balanza comercial arrojaba un superávit de 47 millones de dólares en la primera semana de enero, una cifra poco relevante pero que correspondió, en realidad, a sólo dos días laborables.

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Un bálsamo tranquilizador

Las designaciones de los hombres clave del equipo económico que acompañará a Lula, que generaron los primeros disgustos en el ala más izquierdista del Partido de los Trabajadores, habían obrado un efecto balsámico en los círculos del poder.

El moderado Antonio Palocci al frente del Ministerio de Hacienda, el ex presidente mundial del BankBoston, Henrique Meirelles, en la jefatura del Banco Central, el todopoderoso empresario Luiz Fernando Furlan como ministro de Desarrollo, Industria y Comercio o el presidente de la Asociación Brasileña de Agronegocios y defensor del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), Roberto Rodrigues, a cargo de la cartera de Agricultura, constituyen vacunas suficientes contra las tentaciones izquierdistas a las que tan sensibles son los ámbitos de las finanzas.

Pero ya instalado en el gobierno, Lula no se olvidó de repetir las promesas de cambio social que lo llevaron a la Presidencia.

Mientras preparaba el lanzamiento del programa Hambre Cero con una gira de tres días que emprenderá junto a sus principales ministros, a partir del 10 de enero, a algunas de las regiones más miserables del Noreste –en la localidad de Guaribas, donde comenzará el recorrido, sólo el 1 por ciento de la población tiene agua potable, no existen servicios médicos y el 75 por ciento de los mayores de 15 años son analfabetos–, esbozó unos primeros gestos de gobierno de fuerte carga simbólica.

Uno de ellos fue la decisión de suspender la adquisición de varios aparatos para la Fuerza Aérea, por un valor de 760 millones de dólares, para destinar ese dinero a la financiación de planes sociales.

Otro fue la disposición de otorgar títulos de propiedad a los habitantes de las favelas, los barrios de casas precarias levantadas ilegalmente en los alrededores de las grandes ciudades, como primer paso para su integración en la sociedad.

El gobierno de Lula está viviendo su luna de miel, una especie de momento mágico en el que se mantienen encendidas todas las esperanzas de reformas sociales mientras parecen suspendidas las previsibles reacciones de los sectores que no quieren ver alterado el actual estado de cosas.

Es probable que la calma se prolongue durante los primeros cien días de mandato; en el segundo trimestre del año vencerán obligaciones de la deuda pública externa e interna por valor de 21.000 millones de dólares, enorme suma que hace presente la tremenda magnitud del endeudamiento de Brasil.

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La espada de la deuda

En efecto, el total de la deuda, interna y externa, alcanza casi al Producto Interior Bruto (PIB) del país, cifrado en unos 500.000 millones de dólares.

La deuda externa asciende a 210.000 millones de dólares, de los cuales algo más de 90.000 millones corresponden al Estado y el resto al sector privado.

Pero el verdadero talón de Aquiles es la deuda interna del Estado, calculada en unos 250.000 millones de dólares, de los que un 70 por ciento está ligado a la evolución del dólar o de los tipos de interés.

Si bien es cierto que la balanza comercial ha registrado durante 2002 un superávit de algo más de 13.000 millones de dólares, que podría este año crecer, en el mejor de los casos, hasta 18.000 millones, y que el Fondo Monetario Internacional (FMI) continuará desembolsando parte de la ayuda de 30.600 millones de dólares concedida al país, estos recursos no son suficientes para hacer frente a los vencimientos de la deuda que se sucederán en 2003.

Ante este panorama, sólo la reprogramación de las obligaciones internas y externas podría permitir a Brasil superar la coyuntura.

De no ocurrir así, el programa social que pretende ejecutar Lula, ambicioso en relación con las acentuadas desigualdades que caracterizan al país, correría grave riesgo, y con él el ingente capital de esperanzas que ha sabido acumular el líder del Partido de los Trabajadores. (Madrid/Comunica)

 

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