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10 de octubre de 2002


ANÁLISIS
El ajedrez brasileño Por Carlos Alfieri
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Un nuevo ciclo de la izquierda
Las servidumbres financieras

 

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El amplio triunfo conquistado por Luis Inácio «Lula» da Silva en la primera vuelta de las elecciones brasileñas del 6 de octubre, en la que duplicó los votos de su adversario José Serra, introduce elementos inéditos en el mapa político latinoamericano cuyo verdadero alcance sería temerario aventurar.

Si bien es cierto que habrá que esperar a que se realice la segunda vuelta, el domingo 27, para saber si Lula derrotará a Serra, el acceso del líder del Partido de los Trabajadores a la presidencia de Brasil parece poco menos que inexorable.

Tanto el apoyo ya logrado de Ciro Gomes, candidato del Partido Popular Socialista que obtuvo casi el 12 por ciento de los votos, como la lógica electoral que ubica a los votantes de Anthony Garotinho, del Partido Socialista (17,8 por ciento de los sufragios), más cerca del PT que de la alianza que postula al candidato oficialista Serra, son datos que apuntan en ese sentido.

Los comicios brasileños tienen un significado singular y que trasciende sus fronteras, porque en ellos se produjo un éxito de la izquierda de una magnitud desconocida en las últimas dos décadas, en las que la derecha neoliberal había asegurado su hegemonía incontestable en todo el mundo.

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Un nuevo ciclo de la izquierda

Quizás puedan señalar, en este sentido, el comienzo de un ciclo ascensional de la izquierda tras una crisis de identidad que amenazaba con su desintegración, que implica la recuperación por parte de ésta de la capacidad de creación de alternativas políticas viables.

Pero más allá de esta lectura genérica del triunfo de Lula, cabe preguntarse sobre los márgenes de maniobrabilidad de que dispondría su eventual gestión de gobierno.

No está de más recordar las peculiaridades que ofrece Brasil, de una índole desmesurada y contradictoria. Es, a la vez, la novena potencia económica del mundo y el cuarto país en cuanto a sus desigualdades sociales.

La tercera parte de sus casi 170 millones de habitantes están sumergidos en la más absoluta pobreza: una mitad de ellos debe sobrevivir con un dólar por día y la otra mitad con medio dólar.

Si algo deja traslucir el resultado de estas elecciones es el impulso de cambio que movió a la mayoría de los votantes. ¿Podrá canalizar Lula esa ambición generalizada de transformación social?

De otra parte se alzan los poderes financieros nacionales e internacionales que ya han emitido inequívocos mensajes de guerra, como su asedio al real, que perdió en lo que va de año el 60 por ciento de su valor.

No anduvo con rodeos el ex secretario del Tesoro norteamericano Nicholas Brady, que declaró: «Lula tendrá que lidiar con los mercados del mundo. Vale en este caso lo que decía el ex boxeador Muhammad Alí sobre sus rivales en el ring: podrán correr pero no se podrán esconder.»

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Las servidumbres financieras

Con indudable olfato táctico, Lula fue modificando su imagen de izquierda, concertó una alianza con un partido de derecha, se comprometió a respetar los compromisos financieros de Brasil con los organismos multilaterales de crédito, se comunicó con un tono de moderación y serenidad e hizo hincapié en la promoción de una revolución productiva en la que los industriales tendrían reservado un papel de primer orden.

Sus allegados subrayaron una y otra vez lo mucho que había cambiado; el presidente del PT, José Dirceu, afirmó que él no definiría a Lula como izquierdista.

¿Un socialdemócrata, entonces? Aunque así fuera, es obvio que no es lo mismo ejecutar una política socialdemócrata en Brasil que hacerlo en Suecia o Noruega. Implementar un vasto programa de reformas sociales en un país con tan pronunciadas desigualdades socioeconómicas no es precisamente una tarea sencilla.

El pago de la voluminosa deuda externa, que asciende hoy a un 69 por ciento del Producto Interior Bruto cuando hace apenas un año era del 48 por ciento, y los compromisos que Brasil ha contraído con el Fondo Monetario Internacional, como el cumplimiento de un superávit fiscal primario del 3,75 por ciento del PIB, constituyen una servidumbre difícil de sobrellevar.

Lula ha dado sobradas muestras de su flexibilidad, pero tendrá que hacer gala de una capacidad casi sobrehumana para transitar por un delgadísimo sendero sembrado de intereses contradictorios.

No le será fácil conciliar las aspiraciones de reforma expresada por los sectores sociales con las exigencias perentorias de los círculos financieros. En todo caso, deberá desplegar la fría sabiduría de un campeón de ajedrez para mover las piezas del complejo tablero brasileño.

 

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