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7 de noviembre de 2002


ANÁLISIS
Lo que encarna Lula   Por Carlos Alfieri
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Otra concepción del Mercosur
Factores amenazantes
La extenuación del embeleso neoliberal

 

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La contundente victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en la segunda vuelta de las elecciones a la Presidencia de Brasil, realizada el 27 de octubre, enciende las más variadas expectativas dentro y fuera de ese país, mientras se abren interrogantes acerca de la línea política que implementará el líder del Partido de los Trabajadores (PT) en las negociaciones para la creación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y en el seno del Mercosur.

Durante la larga campaña electoral, Lula hizo hincapié en que uno de los ejes de su política exterior si accedía a la Presidencia sería el fortalecimiento del Mercosur, para forjar luego un pacto de integración con los demás países latinoamericanos, en especial los de América del Sur, y poder así ofrecer un bloque sólido en las negociaciones por el ALCA.

Al igual que el actual presidente brasileño, Fernando Henrique Cardoso, Lula considera que en los términos en que lo plantea Washington el ALCA perjudica seriamente los intereses económicos de su país y de toda la región: «Una cosa es el libre comercio y otra muy distinta es la anexión pura y llana de América Latina por parte de Estados Unidos», sostuvo con claridad. Y agregó que su gobierno defendería los intereses nacionales «con la misma firmeza que aplica Estados Unidos en defender los suyos».

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Otra concepción del Mercosur

Pero en caso de no conseguir una modificación sustancial de las condiciones del acuerdo, Brasil se retiraría de las negociaciones. Y a quienes afirman que esa decisión sería nefasta para el país, los hombres del PT les dicen que lo verdaderamente nefasto sería el ingreso incondicional al pacto. Por otra parte, desdramatizan esa posibilidad y subrayan que la no adhesión al ALCA no significaría que se acaben las relaciones con Estados Unidos.

El fortalecimiento del Mercado Común del Sur –Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay– que preconiza el PT pasa por una plena integración de sus miembros, de manera análoga al camino recorrido por la Unión Europea para su configuración.

Así, contempla la creación de instituciones supranacionales, como un parlamento común, y la adopción de políticas convergentes en los campos financiero, comercial, industrial, tecnológico, agrícola, educacional y cultural.

La sintonía en el plano financiero debería culminar con la coronación de una meta ambiciosa: el establecimiento de un Banco Central común y de una moneda única, como lo ha hecho la Unión Europea con el euro.

En esta concepción, el Mercosur es un proyecto que debe trascender el plano meramente comercial para convertirse en un instrumento de alcance social, que aliente el objetivo de lograr un desarrollo «con efectiva distribución del ingreso, para poner fin a las desigualdades».

Como prueba del papel relevante que otorga al Mercosur y de la alianza con Argentina en las difíciles circunstancias que afronta el país rioplatense, Lula adelantó que el primer viaje al exterior que emprenda una vez instalado en el gobierno, el 1 de enero de 2003, sería a Buenos Aires.

Algunos de sus asesores económicos han destacado que el hecho de que tanto Argentina como Brasil atraviesen graves dificultades –tras depreciarse, sus monedas mantienen actualmente un valor similar– tiene un lado positivo, y es que ambos pueden sentarse a la mesa para buscar soluciones comunes.

Además del ámbito del Mercosur, la estrategia del futuro gobierno brasileño para el comercio exterior se asienta en la decidida intensificación del intercambio con la Unión Europea, el resto de América Latina y mercados que ofrecen fecundas posibilidades, como China, India, Indonesia, Rusia y Sudáfrica.

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Factores amenazantes

Lula asumirá la Presidencia en medio de un ciclo de desaceleración económica, con la consiguiente merma de los ingresos del Estado, con una deuda externa que asciende a 250.000 millones de dólares y ante rumores de que el Fondo Monetario Internacional (FMI) exigiría la elevación de la meta de superávit primario para 2003, actualmente fijada en el 3,75 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB).

Todos estos factores amenazan la consecución de un presupuesto que asegure el cumplimiento del nivel mínimo de las promesas sociales de Lula, como el programa «Hambre Cero», para luchar contra las más acusadas carencias alimentarias de vastos sectores de la población, o el establecimiento de un salario mínimo de 240 reales –alrededor de 67 dólares–; también, la rebaja de la alícuota máxima del Impuesto sobre la Renta del 27,5 por ciento al 25 por ciento.

Además, el nuevo presidente –que no contará por sí mismo con mayoría parlamentaria– deberá ejercitar sutiles equilibrios para el mantenimiento de las alianzas políticas necesarias.

El impacto del triunfo de Lula se ha dejado sentir en América Latina, y es comprensible que así sea.

En primer lugar, es la primera victoria de la izquierda en mucho tiempo, quizás –dejando de lado las enormes diferencias– desde que la Unidad Popular alcanzó el gobierno en Chile en 1970. No deja de ser un acontecimiento singular que un ex obrero metalúrgico llegue a la Presidencia del mayor país de la región, cuyo peso específico es decisivo, y lo haga con un programa de izquierda, socialdemócrata o no.

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La extenuación del embeleso neoliberal

Es interesante observar que el triunfo de Lula se registra en un momento histórico caracterizado por la extenuación del embeleso neoliberal y por la constatación de algunos de sus resultados, ejemplificada dramáticamente en la crisis argentina.

Así, el líder brasileño viene a encarnar la fractura del discurso hegemónico que coloca al «mercado» como dios supremo y a la abolición de todas las regulaciones y la estabilidad monetaria a ultranza como sus arcángeles. Y a resucitar conceptos que parecían desprestigiados, como el desarrollo económico asentado en una distribución más equitativa de los ingresos o la función del Estado como garante de políticas sociales volcadas a la promoción de los sectores sociales más desfavorecidos.

No es casual que sea Argentina uno de los países que se mostró más receptivo al fenómeno de Lula.

En su 6º Congreso Nacional, que se celebrará en Mar del Plata los próximos 13 y 14 de diciembre, la Central de los Trabajadores Argentinos (CTA) discutirá la creación de un movimiento político. «Tenemos necesidad de construir un nuevo movimiento político en el país» afirmó Víctor de Gennaro, presidente de esta entidad sindical nacida en 1992 para romper el monopolio de la Confederación General del Trabajo (CGT), ligada al peronismo. Según De Gennaro, «el triunfo de Lula es histórico para Argentina y para América Latina, porque crea un criterio cultural. Es la primera vez que un trabajador y sindicalista se transforma en Presidente en esta región».

Lula tiene ante sí un reto casi imposible: satisfacer mínimamente las enormes expectativas que ha despertado contando para el despliegue de su política con un margen de acción exiguo. No será ciertamente plácida la tarea que le espera.

 

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