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1 de agosto de 2002


ANÁLISIS
Sudamérica: Días de crisis y críticas
por Carlos Alfieri
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Desintegración en vez de integración
Una política común

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Los últimos días de julio marcaron un agravamiento de la situación económica y financiera de los países del Mercosur y, al mismo tiempo, un creciente cuestionamiento de sus autoridades a las reglas de juego que dicta el mundo desarrollado.

Uno de los ámbitos de resonancia fue la Segunda Reunión de Presidentes de América del Sur, realizada en Guayaquil, Ecuador, el 26 y 27 de julio, con asistencia de todos los mandatarios de esa región excepto los de Uruguay y Surinam.

Al término del cónclave se firmó un documento de 34 puntos, el «Consenso de Guayaquil», que establece lineamientos generales sobre integración, seguridad e infraestructura y fija como objetivo prioritario la integración plena, antes de fin de año, de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) –Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia– y el Mercosur –Brasil, Paraguay, Argentina y Uruguay–.

Aunque la declaración final suavizó el tono de algunas opiniones fuertemente críticas hacia el Fondo Monetario Internacional (FMI), Estados Unidos y su proyectada Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), así como hacia la Unión Europea por su política proteccionista, en ella se manifiesta «preocupación por el mantenimiento de los subsidios agrícolas, los cuales distorsionan las condiciones de competencia en el mercado internacional”.

El presidente brasileño, Fernando Henrique Cardoso, reiteró su disconformidad con el ALCA: «Hasta el momento –dijo– las señales emitidas por los gobiernos más importantes del norte no han sido señales de liberación de trabas sino de restricción.»

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Desintegración en vez de integración

El argentino Eduardo Duhalde fustigó la unilateralidad del diseño de las políticas macroeconómicas y señaló que «la globalización, en vez de integrar, desintegra a los países emergentes»; también censuró a las calificadoras del «riesgo país», porque «un día califican mal al país y eso significa que su economía real de un día para otro comienza a perjudicarse».

El chileno Ricardo Lagos criticó la reticencia del FMI para acudir en ayuda de la Argentina y su «incomprensión» de la realidad latinoamericana y expresó su preocupación por el contagio de las turbulencias financieras a Uruguay y Brasil. Lagos afirmó que había que “dar una batalla conjunta para cambiar la mentalidad de los organismos financieros multilaterales».

El presidente anfitrión, Gustavo Noboa, habló de «la extrema vulnerabilidad» como característica saliente de la región, «agudizada por las políticas proteccionistas de los países industrializados».

Alejandro Toledo, de Perú, ligó el porvenir de la democracia y la gobernabilidad en Sudamérica a la vigorización de la economía, mientras que el presidente venezolano Hugo Chávez recordó la frase de Juan Domingo Perón según la cual «A nosotros el siglo XXI nos sorprenderá o unidos o dominados» para concluir: «He aquí el siglo XXI y estamos dominados.»

Más allá o más acá de la retórica, la crisis golpeaba con mayor dureza ya no sólo a Argentina o Paraguay sino a Uruguay y Brasil. El martes 30 el gobierno uruguayo decretaba, por primera vez en 70 años, feriado bancario ante la alarmante retirada de depósitos de las entidades financieras y la merma de las reservas del país, que cayeron un 80 por ciento en lo que va del año.

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Una política común

El 31 de julio, el precio del dólar ascendía a 3,60 reales en Brasil, el 51,12 por ciento más que siete meses antes, y se equiparaba prácticamente con el devaluado peso argentino; en tanto, su «riesgo país» no cesaba de aumentar.

Muchos analistas independientes juzgaban que esos datos no se correspondían con los sanos basamentos de la situación macroeconómica brasileña, pero las presiones que sacudían a los mercados parecían obedecer más a una táctica de castigo que a la racionalidad que se le supone a la economía.

En este contexto, un Fernando Henrique Cardoso agotado exclamaba: «Hice todo lo que me habían pedido y lo que pude para mantener el dólar estable. Ellos (los inversores) están haciendo apuestas sobre el comportamiento del futuro gobierno. Sobre eso, no tengo posibilidades de actuar.»

Proyectos como el del ALCA, que podría verse acelerado si los senadores de Estados Unidos aprueban en los primeros días de agosto, como ya lo han hecho los representantes, la «vía rápida» que permitirá al presidente Bush una mayor libertad para celebrar acuerdos comerciales, pueden acentuar más aún la asimetría de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina.

Las posibilidades de defensa de los intereses latinoamericanos, tanto en la negociación de ese tratado como en la de la abolición de las barreras que impiden el desarrollo de su comercio exterior, dependen en gran medida de que la unión entre el Mercosur y la Comunidad Andina de Naciones señale un primer paso hacia la estructuración de una política verdaderamente común de toda la región.


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